
Hay un flujo, un ritmo tras la aparente monotonía de la rutina que sólo la sensibilidad aguda distingue. Y hay quien escucha paciente esas leves notas, quien transforma ese flujo en su rutina y su trabajo, por eso entiende el valor de la pátina y el carácter decisivo del pequeño detalle, por eso entiende que siempre es distinto lo que puede parecer igual.
En ese elocuente silencio surge un tema, o más bien una recurrencia que no se deja contaminar por la obsesión, una geometría que se intensifica y así se identifica, un campo luchando entre el límite y la infinitud, un cuadrado que deviene circular y, por fin, rueda. Una rueda que, girando, activa una segunda navegación de la tela, una materia que se convierte en un mundo.
Como decía el poeta Joan Vinyoli, la rueda siempre gira pero el centro no se mueve. Así el pincel de Oriol Mora fluye entre la planitud y la textura en la ruptura que la profundidad provoca en la superficie, entre la marcha febril de granates y anaranjados contrapuesta a serenos azules cenicientos, entre el arrebatado goteo y el sosegado campo de color.
No es una cuestión de pugna, de tomar partido entre la pintura gestual y el colorfield, o entre expresionismo e informalismo, todo son herramientas para celebrar el acontecimiento de la pintura, todos somos herederos de arcaicos rituales, acotaciones a las respuestas de la misma pregunta.
La rueda sigue girando. Pero el centro no se mueve. Todo fluye, todo cambia, pero permanece siempre el artista calmo y reflexivo en permanente diálogo con la materia. La materia (pintura) habla, el artista escucha, la interpela y la moldea y el cuadro se va construyendo como discurso pleno, coherente y, afortunadamente, siempre inconcluso. Que la rueda siga girando, que existan oídos para la sutil melodía del silencio y que siga existiendo un centro sereno, extremadamente sensible y exquisito como Oriol Mora.
Marcos Yáñez